Alucinaciones: ¿un don o un síntoma?

Alucinaciones: ¿don o síntoma?

Cuando alguien afirma ver lo que nadie ve, o escuchar lo que nadie escucha, un murmullo recorre la sala mientras la mayoría aparta la mirada o arquea las cejas. Las alucinaciones incomodan. A pesar de ser un fenómeno perceptivo que ha acompañado al ser humano a lo largo de su historia, la alucinación sigue produciendo desconcierto, asombro, miedo y rechazo. Puede que por todo ello, su descripción y estudio reciente siempre hayan estado rodeados de morbo e incomprensión, empujando a las personas que la experimentan hacia el olvido, la reclusión e incluso a la hoguera… ¿Cómo definir la alucinación? ¿Por qué se produce? ¿Quiénes alucinan? Al intentar responder a estas cuestiones a lo largo de los últimos cien años, hemos descubierto que el fenómeno alucinatorio no sólo es más común de lo que creíamos, sino que además, pone en tela de juicio uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental: la fiabilidad de nuestros sentidos.

La alucinación: del don al síntoma

André Aleman y Fran Laroi hacen un interesante recorrido histórico en Hallucinations: the science of idiosyncratic perception (American Psychological Association, 2008), dándonos a conocer las primeras descripciones que tenemos sobre la alucinación y cómo ha ido cambiando nuestra manera de abordarla con el paso del tiempo. Podríamos empezar con Sócrates (siglo IV a.C.), cuyos datos biográficos (a veces de dudosa objetividad) nos llegan gracias a Platón, Plutarco o Jenofonte y nos describen a un pensador que causa revuelo en la Atenas de la época al reconocer que varias de sus decisiones son guiadas por las voces de un “demonio”.

También encontramos descripciones sorprendentes en la antigua China, gracias al Shennong Ben Cao Jing (300-200 a.C.), lo que algunos consideran la farmacopedia más antigua del mundo y en la que su autor ya nos avisaba de que el fruto del cáñamo ,”tomado en exceso, producirá la visión de demonios” y que a largo plazo “hace que uno pueda comunicarse con espíritus e iluminar su cuerpo“. Está claro que este tipo de relación entre espiritualidad y alucinación siempre ha estado presente, incluso hasta el día de hoy, delineando de forma relevante la historia de la humanidad. Un claro ejemplo de ello puede ser el caso de Juana de Arco (1412-1431), cuyas visiones y voces le llevan a liderar el asedio de Orleans en 1429. De hecho, es curioso notar que a la Doncella de Orleans no la envían a la hoguera simplemente por “escuchar voces”, sino por “escuchar la voz del diablo”, ya que en el medievo las alucinaciones auditivas eran consideradas generalmente como un don (si se consideraba que era Dios quien hablaba) o una maldición (si se pensaba que eran los demonios quienes susurraban al oído). Esta perspectiva que eleva la alucinación al don o a la visión, queda aún más clara cuando uno lee el De genesi ad litteram de Agustín de Hipona (354-430 d.C.), cuya descripción de las alucinaciones sorprende por su capacidad de análisis, diferenciando entre las visiones intelectuales, imaginativas (la que más se acerca a nuestro concepto actual de alucinación) corpóreas.

No sería hasta 1838, cuando Jean Étienne Dominique Esquirol (1772-1840) acuñaría el término alucinación tal y como lo entendemos en la actualidad dentro de la Psiquiatría, acabando casi por completo con la hegemonía de las visiones: “la alucinación es la percepción sin objeto“. De este modo, son los psiquiatras franceses quienes en los primeros treinta años del siglo XIX decidirían que la alucinación fuese concebida como: a) un trastorno de la percepción, b) sin importar en qué modalidad sensorial ocurriese, c) generada por la estimulación de regiones cerebrales relacionadas con la percepción y por tanto, una respuesta mecánica sin relevancia semántica o informativa; y por supuesto d) un problema médico. Aunque hubieron autores que se opusieron a la ligadura perpetua entre alucinación y trastorno, como Brierre de Boismont (1861) o Johannes Müller (1826), lo cierto es que a partir de este momento, la alucinación dejó de ser un don para convertirse en un síntomasin posibilidad alguna de tener alguna connotación fuera de lo patológico.

En “La Passion de Jeanne d’Arc” (1928), Theodor Dreyer abandona el tono épico de esta historia y a través del cine mudo y unos planos cortos crudos, muestra la desesperación de Juana de Arco (María Falconetti) inmersa en sus alucinaciones y el complot en su contra.

Preguntas difíciles y pocas respuestas

La herencia de Esquirol y sus compañeros sigue estando presente y la misma American Psychological Association (1994) simpatiza con la definición dada por el psiquiatra francés: “Percepción sensorial que tiene el conveniente sentido de la realidad de una percepción real, pero que ocurre sin estimulación externa del órgano sensorial implicado.” Varios autores ven necesario hacer importantes matices en esta definición, como David (2004), quien recuerda que ciertas alucinaciones pueden ser “detonadas” por estímulos externos irrelevantes (el ruido de un grifo al abrirse, por ejemplo), o Slade y Bentall (1988), quienes han hecho hincapié en la necesidad de añadir la involuntariedad sobre la percepción en la alucinación para poder diferenciarla de la imaginación o el recuerdo de alucinaciones.

En paralelo al proceso de definición del fenómeno, las teorías explicativas de la alucinación también han abundado, haciendo aún más difícil el consenso y la integración de las propuestas más acertadas. Es evidente que los estudios neuropsicológicos y las populares conclusiones de investigaciones en neuroimagen, son de vital importancia para comprender el fenómeno (la función del lóbulo temporal, el volumen de la materia gris, el rol de la dopamina, la acetilcolina, el glutamato o la serotonina), sin embargo, hablar de ellas sin el apoyo de un especialista (neurocientífico) podría resultar en un reduccionismo absurdo y por ello, en esta ocasión sólo nos limitaremos a describir y resumir brevemente las dos teorías psicológicas que han tenido mayor impacto en las últimas décadas:

  • Teorías de la subvocalización o habla interna: como menciona Carmen Valiente Ots (2008), estas teorías proponen que “el paciente, cuando alucina, habla consigo mismo, pero recibe su propio discurso como ajeno“. Este enfoque se eleva sobre hombros de gigantes con los estudios de John Broadus Watson (1925) y Lev Semiónovich Vygotsky (1934), contando además con un apoyo empírico muy importante. Sin embargo, como toda buena teoría, de ella surge una pregunta aún más compleja si cabe: ¿por qué las personas con alucinaciones auditivas son incapaces de reconocer que se trata de habla autoiniciada?
  • Teorías de atribución errónea: las propuestas de esta teoría pueden servir para responder a la última pregunta que formulábamos y de ahí su interés por parte de los investigadores en estos últimos años. Valiente resume los mecanismos que se proponen desde este enfoque, del siguiente modo: 1) la alteración de la planificación del discurso que produce subvocalizaciones involuntarias; 2) la alteración de las habilidades discriminativas de lo real y lo imaginario; y 3) un problema de autocontrol debido a la ausencia de descarga corolaria que predispone al paciente a hacer una atribución errónea.

Aunque se han hecho grandes avances y la evidencia parece confirmar cada vez más la teoría del habla interna, aún hay muchos interrogantes por contestar: ¿por qué se produce la atribución errónea? ¿Se pueden integrar de algún modo los hallazgos sobre procesos perceptivos y los estudios cognitivos involucrados en la investigación? ¿Cómo explicar las alucinaciones visuales a través de teorías tan centradas en la alucinación auditiva? Preguntas difíciles. Pocas respuestas.

Tras una meningitis que casi le cuesta la vida, Arthur Ellis perdió la vista pero eso no impidió que continuara disfrutando de su hobbie preferido: la pintura. A pesar de su ceguera, Ellis con setenta años sigue viviendo en un mundo de color gracias a las alucinaciones visuales que experimenta (síndrome de Charles Bonnet). Sus cuadros “alucinatorios” plagan las redes sociales.

Una experiencia humana

No es difícil imaginar que la cultura podría ser un modulador importante en las características fenomenológicas de la alucinación pero, ¿cómo influye? ¿De qué manera puede afectar a una experiencia perceptual tan subjetiva? Cuando estudiamos las alucinaciones, la cultura es un factor más relevante de lo que podríamos llegar a pensar, ya que no sólo afecta al contenido (Juana de Arco escuchaba a Dios o al demonio, John Forbes Nash (1928-2015) escuchaba y veía a agentes secretos), sino incluso a la modalidad sensorial con la que se alucina. Mientras en occidente un gran porcentaje (en torno al 60%) de pacientes con alucinaciones “escucha voces”, en África o Asia las “visiones” son mucho más comunes (Slade y Bentall, 1988; Okulate y Jones, 2003; Suhail y Cochrane, 2002).

Para autores como Bentall (2003), los aspectos culturales son fundamentales de cara a la práctica clínica, ya que entender el trasfondo sociocultural de los pacientes puede ayudar a crear una buena alianza terapéutica, donde las propuestas de tratamiento y la empatía no se presentan en el vacío, sino en un espacio de comprensión y apertura cultural: abordar a un paciente procedente de Arabia Saudi con teorías racionalistas de occidente para explicar su problemática, puede crear resistencia y escepticismo en este (Wahass y Kent, 1977). ¿Y si la alucinación no es un problema? Tal y como apunta Al-Issa (1995), el especialista debería ser cauto a la hora de proponer tratamientos y etiquetar al paciente dentro de un contexto en el que las experiencias alucinatorias son aceptadas y dan explicaciones satisfactorias a varios eventos vitales (como ver a un pariente difunto durante el proceso de duelo en algunas culturas asiáticas).

¿Un don o un síntoma? Puede que responder a esta cuestión no sea tan necesario después de todo. Lo que está claro es que la alucinación forma parte de la vida humana y darle espacio dentro de nuestra experiencia podría ayudar a desvincular este fenómeno del estigma y la sospecha, cambiando los términos, como proponen Romme y Escher (2012), quienes en lugar de hablar de “alucinaciones auditivas”, prefieren conversar con sus pacientes de “hearing voices”, integrando la experiencia con sus emociones y eventos vitales más importantes.

Referencias bibliográficas más relevantes

Aleman, A. y Laroi, F. (2008).  Hallucinations: the science of idiosyncratic perception. American Psychological Association: Washington D.C.

Escher, S. y Romme, M. (2012). Psychosis as a personal crisis. ISPS: New York.

Valiente Ots, C. (2008). Alucinaciones y delirios. Síntesis: Madrid.

Daniel Sazo

Graduado en Psicología por la Universidad de Sevilla. En la actualidad estudiante del máster en Psicología General Sanitaria en la Universidad de Sevilla, especializándose en Psicología Clínica. | Contacto: dansazher@gmail.com

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