Autolesiones (I): ¿de qué estamos hablando?

Esta entrada es la primera parte de la serie “Autolesiones” que se irá publicando en este mismo blog de manera no-consecutiva a lo largo de varias semanas.

Este verano se ha estrenado una de las series más esperadas de la temporada: “Heridas Abiertas” (“Sharp Objects“, en su versión original), protagonizada por Amy Adams (Camille Preaker) y dirigida por Marc Valleé, cuyas ideas convencieron a Gillian Flynn para llevar su primera novela a un formato cinematográfico después de varios años. La autora famosa por “Gone Girl” (Penguin, 2012) y aclamada por escritores de la talla de Stephen King, nos presenta en esta historia el dramático relato de Camille, una reportera que vuelve a la pequeña ciudad donde creció (Wind Gap) para investigar el asesinato de una adolescente. No deben pasar muchos minutos del primer capítulo para que el espectador se percate de que la situación emocional de la periodista es bastante inestable; la vuelta a Wind Gap viene acompañada de viejos fantasmas y Camille nos desvela poco a poco cómo ha podido sobrellevar el oscuro pasado que le persigue: un cuerpo repleto de cicatrices nos presenta las secuelas de la autolesión como nunca se habían visto en televisión.

Aunque existen otras novelas, series e incluso películas en torno a las conductas autolesivas, puede que el relato de Flynn sea uno de los mejores intentos por comprender estas conductas de una forma verdaderamente seria y realista, sin caer en simplismos morbosos. Al igual que el libro, la serie de Valleé gira en torno al universo psicológico de Preaker y plantea de forma interesante las preguntas que acompañarán a esta serie a lo largo de varias semanas: ¿qué se considera como conducta autolesiva? ¿Se trata de una moda entre adolescentes o es algo más serio? ¿Por qué hacerse daño de esa forma y durante tanto tiempo? ¿Qué ayuda se puede ofrecer a las personas que realizan estas conductas?

En 2016, saltaron las alarmas cuando comenzaron a detectarse varios casos de adolescentes que llegaban a hospitales de todo el mundo con graves cortes autoinfligidos (sobre todo en las extremidades) y por intentos de suicidio con el fin de ganar un macabro juego que se hizo viral en las redes: “El reto de la ballena azul”. El año pasado las autoridades siberianas apresaron a quienes se cree que fueron los creadores e instigadores de esta iniciativa pero la cuestión seguía en el aire: que un joven sociópata logre alcanzar repercusión a través de las redes sociales puede explicarse con cierta facilidad pero. ¿por qué alguien seguiría sus funestas indicaciones sin rechistar? ¿Qué beneficios puede obtener alguien al cortarse los brazos? ¿Existen factores que hagan más vulnerables a los adolescentes para que lleven a cabo este tipo de conductas? Después de mucho tiempo, empujados en cierta manera por eventos como el que hemos recordado, tanto psicólogos como médicos y padres volvieron a retomar con seriedad estos comportamientos. En este intento desesperado por comprender, en los últimos años los especialistas se han percatado de que antes de proponer soluciones o tratamientos para este tipo de casos, es más que necesario que los profesionales de la salud puedan tener un consenso más o menos unánimes de qué son realmente las Conductas de Autolesión (CAL).

Este consenso comenzó por cuestiones tan básicas como la nomenclatura. Desde los años sesenta hasta hace muy poco, habían surgido un sinfín de etiquetas que en lugar de traer luz al problema, sólo habían propiciado debates enérgicos en congresos sobre suicidiología y psicopatología en adolescentes. Autoras como Teresa Sánchez-Sánchez, profesora titular de la Universidad de Salamanca, afirman que han llegado a existir hasta 28 nombres para las CAL: “parasuicidio”, “masoquismo incompleto” o “auto-sabotaje” han sido algunos. Sin embargo, en medio de la marabunta conceptual, varios autores han podido ver puntos en común y aportar definiciones que ayudan a distinguir la autolesión de otro tipo de conductas similares.

Porque no se trata de que a los psicólogos nos encante reñir siempre por cuestiones triviales, sino de que existen conductas cuya complejidad están afectadas por tantos factores que a veces es difícil delimitar el espectro para que sea útil y manejable de cara al tratamiento clínico. Por ejemplo, si se considera a las CAL como todo comportamiento que implique un daño corporal, las consultas estarían atiborradas de personas que se tatúan, se dilatan las orejas o se colocan piercings. De hecho, habría que calificar de “pacientes” a cientos de miembros de religiones y sectas en las que la autoflagelación es una práctica común. Por ello, gracias a la investigación empírica y los registros fenomenológicos, los autores parecen haber llegado por fin a un acuerdo en torno qué requisitos son necesarios en una conducta para referirnos a ella como CAL: “autolesión impulsiva sin intención suicida que corresponde a un acto deliberado y en general recurrente de hacer daño al propio cuerpo sin la ayuda de otra persona, de manera lo suficientemente severa como para ocasionar lesiones en los tejidos corporales y generar hematomas, fracturas, cicatrices o marcas”.

Como podemos observar a partir de esta definición, lo más esencial para distinguir a las CAL de otro tipo de conductas es la no intención suicida. “¿Esto significa que las personas que se autolesionan nunca cometen o quieren cometer suicidio?”. Como siempre, la realidad es más compleja de lo que nos gustaría. Es cierto que la conducta autolesiva no pretende alcanzar el suicidio en sí misma pero llegar a afirmar que la persona que realiza esta conducta jamás pensaría en el suicidio puede ser un grave error. Por una parte, investigadoras como Luisa González-Suárez, autora de una reciente y extensa revisión de los estudios hechos en torno a CAL, afirma que entre los adolescentes que practican CAL, existe un riesgo de cometer suicidio a largo plazo que oscila entre el 14% y el 70%. Por otro lado, existen metaanálisis con bastante relevancia como los de Leonelo y María Forti que nos indican que los adolescentes que presentan más CAL son aquellos que manifiestan una personalidad narcisista e histriónica, y al mismo tiempo quienes consuman menos suicidio. A esto se le añade lo que curiosamente han hallado otros autores como David Klonsky en sus investigaciones en torno a la impulsividad y la agresividad. Al parecer, estos factores son mucho más relevantes para el riesgo al suicidio que la ansiedad (¡en contra de lo que la psique colectiva suele intuir!), siendo esta última la que suele predecir las conductas autolesivas. Observando estos y otros muchos resultados, Sánchez llega a la conclusión hipotética de que la ideación suicida puede inducir a las CAL (pero no al contrario). La autolesión sería un alivio temporal con un componente de autorregulación esencial, pero a largo plazo, sin el tratamiento adecuado o factores de protección en el contexto del individuo, acabaría convirtiéndose en un posible intento de suicidio.

Pero a veces no basta con definir a las CAL como autolesiones no suicidas. Existen cuadros clínicos y no patológicos en los que las personas sienten gran malestar por la apariencia que presentan algunas partes de su físico. Este malestar puede acabar traduciéndose en cirugías estéticas o amputaciones (como podría realizar un sujeto aquejado de trastorno dismorfofóbico, por ejemplo), que en última instancia podrían ser catalogadas como autolesiones sin un componente suicida. También existen trastornos del desarrollo en los que impera una frecuente conducta autolesiva y estereotipada, como puede ocurrir en algunos cuadros autistas o de grave discapacidad intelectual. Aparte de todo esto, el carácter no-suicida tampoco acaba por resolver los aspectos culturales de algunas conductas autolesivas como las que hemos mencionado al principio. Entonces, ¿de qué estamos hablando?

En esta serie hablaremos de la conducta autolesiva en los mismos términos que propone Teresa Sánchez en su reciente y magnífica revisión, como aquel comportamiento que presenta una autolesión deliberada, impulsiva, intencional y no suicida. A partir de aquí, os invito a lo largo de las siguientes semanas a seguir profundizando en este comportamiento, no como meros espectadores de una conducta extraña y morbosa, sino como personas interesadas en comprender el malestar y las posibles soluciones de cientos de adolescentes y adultos que nos rodean.

Daniel Sazo

Psicólogo General Sanitario por la Universidad de Sevilla. En la actualidad, trabajando con población anciana y como personal técnico de investigación en el departamento de evaluación, personalidad y tratamiento psicológico de la Universidad de Sevilla. | Contacto: dansazher@gmail.com

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