Autolesiones (II): ¿heridas que curan?

James Rhodes (autolesiones)

Esta es la segunda parte de la serie “Autolesiones”, cuyas entradas se seguirán publicando en esta misma web de manera no-consecutiva en las siguientes semanas. La primera parte puede leerse aquí y la tercera parte aquí.

Pensé, ‘me pregunto si esto ayudaría’. Y lo hizo. Fue adictivo, asombroso“. Así recuerda James Rhodes (Londres, 1975) las conductas autolesivas (CAL) que empezó a llevar a cabo cuando tenía poco más de treinta años. En “Instrumental: memorias de música, medicina y locura” (Blackie Books, 2015), el pianista británico describe con abrumadora transparencia los abusos sexuales que sufrió, así como todas las secuelas psicológicas que ha intentado sobrellevar a lo largo de décadas con soluciones que no siempre fueron las más óptimas. Cuando la música aún no le era suficiente para afrontar el daño de un modo saludable, Rhodes descubrió que cortarse “era perfecto. Había encontrado algo que, aunque fuese temporal, me ayudaba a funcionar mejor, a estar más disponible, a no dejar a mi familia tirada, a ponerme la careta… Es lo que tienen las autolesiones; no sólo te colocan, sino que también te permiten expresar el asco que te inspiran el mundo y tu persona, controlar el dolor, disfrutar del ritual, de las endorfinas, de esa violencia sórdida, bestial y ejercida contra uno mismo en privado, y no hacer daño a ninguna otra persona.

Para muchos es difícil comprender por qué alguien estaría dispuesto a cortarse o provocarse quemaduras en los brazos, siendo los instintos de supervivencia y conservación tan esenciales en el ser humano. Sin embargo, las experiencias descritas por Rhodes nos ayudan a comprender que las CAL, por dolorosas y extremas que nos parezcan, en muchas ocasiones son los mejores recursos que algunas personas han desarrollado para hacer sus vidas menos angustiosas. Como afirma el compositor: “Hay mucha confusión al respecto. No se trata de un indicador de alienación suicida. Es todo lo contrario.

Decir que las autolesiones son un “recurso” para algunas personas puede ser bastante atrevido para muchos. Está claro que el dolor y el malestar son inherentes a la conducta autolesiva; no obstante, por destructivas que sean, estas conductas forman parte de la experiencia humana y sólo si se consideran como tales, seremos capaces de entender mejor su naturaleza y función.

Autores como Eduardo Taboada, lejos de ver a las CAL como un mero síntoma, consideran este comportamiento como una forma de expresión extrema, un desesperado intento comunicativo que manifiesta la falta de esperanza y frustración que experimenta la persona que se autolesiona. La psicoterapeuta Maura Maca por su parte, piensa que la autolesión en la adolescencia podría estar relacionada con la búsqueda identitaria. Ante los cambios fisiológicos y psicológicos el joven debe llevar cabo un conjunto de procesos que le permitan ver su cuerpo como parte de un sí mismo integrado. Cuando este proceso evolutivo es interrumpido o resulta en fracaso, existe una intensa sensación de frustración que lleva al individuo a intentar tomar el control de su cuerpo de manera desesperada con “actos autodestructivos”.

A través de la elocuente descripción de Rhodes al comienzo de la entrada, vemos que las CAL permiten abordar el malestar psicológico provocado por un evento traumático de un modo sostenible (por lo menos a corto plazo) en muchos casos.

Aunque estas propuestas son interesantes y revelan lo complejas que pueden llegar a ser las CAL, también es cierto que no acaban por explicar de manera satisfactoria el fuerte componente adictivo e impulsivo de la conducta autolesiva ¿Qué las hace tan atractivas para algunas personas? A través de la elocuente descripción de Rhodes al comienzo de la entrada, vemos que las CAL permiten abordar el malestar psicológico provocado por un evento traumático de un modo sostenible (por lo menos a corto plazo) en muchos casos. La ansiedad, la depresión o la reexperimentación en cuadros de Trastorno de Estrés Post-traumático como el que ha sufrido el pianista, parecen ser asimiladas en la experiencia vital por medio de cortes, quemaduras o mutilaciones, sin que esto suponga un coste demasiado alto para el bienestar psicológico de la persona.

Este es el panorama que nos presenta el modelo unifactorial de la autorregulación emocional, el marco teórico en el que la autolesión es considerada una estrategia de afrontamiento para autorregular estados emocionales aversivos. Como sugiere el equipo de investigación de Álvaro Frías Ibáñez, el mecanismo psicológico implicado en dicha regulación sería el refuerzo negativo (la frecuencia de una respuesta determinada -en este caso la autolesión- aumentaría debido a la relación existente entre dicha respuesta y la ausencia de un estímulo aversivo-el malestar emocional-). En esta misma línea de estudio, Alexander L. Chapman cree ver en los participantes de sus estudios un intento por reducir la disforia interpersonal a través de las CAL y de ahí que denomine a su modelo “la teoría de la evitación experiencial”. Pero por el relato de James Rhodes y de otros muchos pacientes que presentan en este comportamiento, sabemos que las CAL no sólo guardan relación con la “evitación” de algunas emociones o sentimientos egodistónicos. La repercusión de la conducta autolesiva a nivel social y el carácter adictivo que posee, nos hacen pensar que el modelo unifactorial no ha tenido en cuenta aspectos relevantes de las CAL.

Esto mismo comprobaron Mathew K. Knock y Mitchell M. Pristein, investigadores de Harvard y Yale respectivamente. Estos especialistas creen que a la teoría unifactorial habría que añadirle tres factores más, quedando como resultado un modelo tetrafactorial cuyos componentes quedan englobados en dos dimensiones dicotómicas: refuerzo intrapersonal (positivo y negativo) y refuerzo interpersonal (positivo y negativo). El refuerzo intrapersonal positivo explicarían la adicción que tienen estas conductas, ya que como hemos visto, puede generar un estado placentero (euforia, por ejemplo). El refuerzo intrapersonal negativo sería el que hemos visto por medio del modelo unifactorial, que aborda el alivio de emociones desagradables por medio de la autolesión. En cuanto al refuerzo interpersonal positivo y negativo, podríamos resumirlos afirmando que el primero (positivo) explicaría las CAL como la búsqueda de apoyo en el entorno social y el segundo (negativo), como una estrategia para eximirse de las responsabilidades sociales. Como afirma Ibáñez, “todos estos hallazgos plantean que la conducta autolesiva es algo más que una estrategia ‘emocional’ o ‘evitativa’ de afrontamiento ante el estrés […], siendo un mecanismo adicional de comunicación y control interpersonal.

¿Por qué no todos las personas que afrontan ansiedad o traumas llevan a cabo este comportamiento?

Llegados a este punto, sería interesante hacer una observación. Si el malestar psicológico es el motor de las CAL, ¿por qué no todos las personas que afrontan ansiedad o traumas llevan a cabo este comportamiento? Aquí es donde comenzamos a hablar de factores de riesgo y vulnerabilidad. Dejando a un lado los factores psicopatológicos que conllevan casi siempre un riesgo alto (como el abuso de drogas o padecer anorexia/bulimia en el caso de las CAL), observamos cómo influyen en la conducta autolesiva variables menos evidentes. Por ejemplo, es llamativo que el género sea uno de los elementos más importantes para predecir el riesgo de llevar a cabo CAL, tal y como observan Evelina Landstedt y Katja Gillander. Estas investigadoras hallaron que el porcentaje de chicas que se autolesionaban era el doble que el de chicos. Asimismo, el rango de edad con más vulnerabilidad a iniciar este tipo de conductas es el que comprende la adolescencia, lo que convierte a Rhodes en casi una excepción. En cuanto a variables de personalidad o rasgo, autores como Pristein ven en sus estudios una correlación importante entre las CAL y baja autoestima, impulsividad y estilo cognitivo negativo (atribuciones internas, estables y globales sobre acontecimientos negativos de la vida). Y como nos sugiere de forma excepcional la serie “Heridas Abiertas”, los conflictos interpersonales juegan un papel muy relevante en la predicción de riesgo a cometer CAL durante la adolescencia. El grupo de investigación de Tuppett M. Yates en la Universidad de California, ha señalado que en las familias de los sujetos que presentan autolesiones el clima de emoción expresada suele ser mucho mayor que en aquellas donde sus miembros no manifiestan esta conducta.

Siempre viene bien recordar que estos factores nunca son determinantes. Ni siquiera el pronóstico de las personas que llevan a cabo CAL puede serlo. Por más desesperanzador que pueda parecer la situación de alguien que muestra heridas en sus extremidades y torso, historias como las de James Rhodes, sin ser idílicas (aún sin las CAL él mismo reconoce sin tapujos que su situación no siempre es la mejor), nos demuestran que hay alternativas distintas a la conducta autolesiva. Si algo nos han enseñado las últimas décadas de investigación es que a pesar de su carácter placentero y adictivo, las autolesiones no son la solución. A largo plazo, las heridas no curan.

Daniel Sazo

Psicólogo General Sanitario por la Universidad de Sevilla. En la actualidad, trabajando con población anciana y como personal técnico de investigación en el departamento de evaluación, personalidad y tratamiento psicológico de la Universidad de Sevilla. | Contacto: dansazher@gmail.com

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