Cleptomanía: ¿el placer de robar?

Cleptomanía: ¿el placer de robar?

Con una reflexión poco seria y sin mucho interés por indagar en la literatura científica, existen dos formas (erróneas) de concebir los trastornos psicológicos. La primera, que suele ser más evidente, es aquella que adopta una posición atiborrada de temor y un sensacionalismo fundamentados en la ignorancia. Esta perspectiva acaba catalogando a los pacientes como “locos”, “asesinos” o “monstruos”, en el mejor de lo casos. Sin embargo, existe una segunda postura que, sin ser tan escandalizadora, puede llegar a ser igual o más perniciosa que la primera. Hablamos de la perspectiva que concibe los trastornos psicológicos como un lloriqueo o una mera caricatura de la especie humana, un chiste cruel que termina por ningunear a las personas banalizando su sufrimiento, relegando sus padecimientos al rincón de la irrelevancia.

Es esta última postura la que ha rodeado en las últimas semanas a uno de los trastornos más trivializados y peor comprendidos de nuestra historia reciente: la cleptomanía. A medida que se viralizaba el vídeo que muestra a Cristina Cifuentes, la antigua presidenta de la Comunidad de Madrid, dando el importe de unas cremas que intentaba llevarse “sin querer” de un supermercado, se han hecho innumerables referencias a la cleptomanía como un hobby de mal gusto o un delito sin trascendencia, más que como un trastorno que posee un impacto profundo en la vida de las personas que lo padecen.

Cristina Cifuentes

Esta confusión no es nueva para las personas que padecen de cleptomanía. Tras acuñar el término kleptomania por primera vez (inspirados por el médico suizo Andre Matthey, quien hablaba de klopemania) y arrastrados por los modelos teóricos de la época, Etienne Esquirol y C.C. Marc dejarían el terreno abonado para que los pioneros de la psiquiatría a finales del siglo XIX entendieran la cleptomanía como un trastorno exclusivo de las mujeres –una suposición equivocada pero comprensible debido a la alta prevalencia en esta población– cuyo origen se hallaba en deformaciones y afecciones intrauterinas. En un par de décadas esta idea quedaría enterrada bajo cientos de investigaciones clínicas.

No obstante, a pesar de este malentendido propio de los tiempos, los médicos franceses remarcarían uno de los aspectos más importantes del trastorno: a diferencia de las personas que roban para obtener un bien que por otros medios no podrían conseguir, las personas que padecen de cleptomanía no actúan por falta de recursos o medios para conseguir el objeto del hurto, sino como una manera de aliviar una tensión psicológica determinada. La conducta posee un rol liberador. Por ello, en la quinta revisión del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-5, American Psychology Association) el primer criterio (A) para diagnosticar cleptomanía es el “fracaso recurrente para resistir el impulso de robar objetos que no son necesarios para uso personal ni por su valor monetario”.

Este carácter neutralizador de la cleptomanía llevó a muchos a considerar el trastorno como una vertiente más del Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC): el hurto funcionaría a modo de “compulsión”, una conducta que aliviaría el malestar psicológico (ansiedad, por ejemplo) a pesar de las consecuencias negativas que supondrían para la persona a largo plazo. Por tentador que pueda parecer esta idea, existe una diferencia fundamental entre el TOC y la cleptomanía que ha llevado a muchos investigadores a incluir al trastorno dentro de los Trastornos del Control de Impulsos: mientras los individuos que padecen de TOC expresan una aversión intensa ante la puesta en marcha de las conductas compulsivas (lavarse las manos excesivamente, por ejemplo), en la cleptomanía hallamos un fuerte componente hedónico en los pacientes.

Como menciona Grant acerca de la paciente Meg –una mujer de 40 años que llegaba a robar más de tres veces por semana–, aunque la culpabilidad inundaba sus pensamientos tras salir con el objeto robado, justo antes del hurto Meg tenía una necesidad tan imperiosa de llevarse ilícitamente algún objeto del supermercado o de la casa de alguna amiga que al robar experimentaba una sensación liberadora. Un inmenso alivio. Para el investigador de la Universidad de Minnesota, más que el historial de hurtos, lo que de verdad llama su atención es la similitud entre el relato de Meg y el de aquellas personas que padecen de trastornos adictivos. Para este autor, así como para muchos otros, la necesidad de hurtar es descrita por los pacientes de forma similar al craving (el “mono”). En los últimos años, este aspecto adictivo de la cleptomanía está haciendo que nos replanteemos la visión del trastorno dentro de la clasificación diagnóstica. No sólo por la valiosa descripción fenomenológica que se está obteniendo de los pacientes, sino por el gran porcentaje de personas que afirman tener sintomatología cleptómana junto con abuso de sustancias y un historial familiar (familiares de primer grado) con problemas de adicción.

"Shop-lifter detected", de John Collett.

Lo más sorprendente es que la cleptomanía no comparte similitudes sólo con el TOC o los trastornos adictivos; en la literatura uno puede hallar correlaciones con el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y trastornos afectivos (en episodios maníacos y depresivos se pueden observar conductas cleptómanas). Todo ello nos sugiere que apenas hemos comenzado a comprender la cleptomanía y que su estudio no ha sido nada fácil a lo largo de estas últimas décadas.

Se sabe que, cuanto más tiempo transcurre entre el inicio de la sintomatología y la primera evaluación psicológica, las personas que padecen de cleptomanía expresan mayor nivel de malestar psicológico debido a la vergüenza y la culpabilidad. Al ser una conducta no-ética para la mayoría de pacientes, la tarea de obtener más datos para la investigación o detectar el trastorno antes de que adquiera un matiz crónico se complica. A principios de siglo, se halló que en Estados Unidos sólo un 41% de los cónyuges estaban al tanto de las conductas cleptómanas de su pareja (Grant y Kim, 2002). Por tanto, a pesar del componente hedónico inherente a este trastorno, es indispensable comprender que el sufrimiento que acarrean la intrusión de pensamientos de culpabilidad y vergüenza en las personas que padecen de cleptomanía no debe ser considerado como algo trivial, sino como el principal motivo para crear un contexto de seguridad en el cual puedan sentirse lo suficientemente comprendidos para pedir ayuda profesional.

Daniel Sazo

Graduado en Psicología por la Universidad de Sevilla. En la actualidad estudiante del segundo curso del Máster en Psicología General Sanitaria y personal técnico de investigación en el departamento de evaluación, personalidad y tratamiento psicológico de la Universidad de Sevilla. | Contacto: dansazher@gmail.com

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