Desarrollo infantil: expectativas y realidad

Desarrollo infantil: expectativas y realidad

Por diversas razones, durante los últimos años he estado trabajando con menores en diversos ámbitos y centros, siendo el último de ellos un Centro de Atención Infantil Temprana (CAIT, centros especializados en tratamiento y asesoría psicológica para menores entre 0 y 6 años). A lo largo de todo este tiempo no sólo he llegado a la conclusión de que el trabajo con menores es en realidad un trabajo con padres/madres (en ocasiones, ¡casi terapia familiar!), sino que también he podido comprobar en consulta cuán importantes son las expectativas de los adultos en relación a las competencias de los/as niños/as a diferentes edades. Hay padres que consideran a sus hijos /as “supermanes”, capaces de saltar vallas y hacer cálculo matemático con 8 meses, y madres a las que no les parece nada curioso que su hijo/a apenas duerma un par de horas cada noche.

Las ideas en torno al desarrollo infantil son determinantes, ya que de ellas dependerán en gran parte los niveles de frustración, adaptación o estrés que atraviese la familia a lo largo del proceso de crianza. Podría hablar con sorna sobre la ignorancia de los padres a la hora de educar a sus hijos pero teniendo en cuenta que cada ámbito familiar es todo un mundo, pienso que lo más acertado sería plantear los distintos hallazgos que se han hecho en torno al desarrollo madurativo en la infancia temprana (0-6 años) y a partir de ahí, que cada uno reflexione y saque sus propias conclusiones. Aún cuando sus análisis puedan ser serios a nivel empírico y útiles para el bienestar de la población, la Psicología siempre debería ser una herramienta, un recurso al alcance de todos y no un arma moralizante para unos cuantos. Independientemente de lo que el juicio social pueda estimar oportuno, hablar de “malos padres” o “malas madres” está fuera de nuestra “jurisdicción”.

Dicho esto, veamos pues, el desarrollo en la infancia temprana y qué se cuece en esta etapa tan importante del desarrollo infantil.

Desarrollo motor

Como bien sugieren Coste y Palacios (1979 y 1990), “la psicomotricidad es un nudo que ata psiquismo y movimiento hasta confundirlos entre sí en una relación de implicaciones y expresiones mutuas“. Sin embargo, al principio, en contribución a la adaptación o supervivencia del menor, se despliegan un conjunto de reflejos que poco a poco irán desapareciendo de su repertorio conductual o sometidos a la voluntad del niño. A continuación, describimos algunos de los principales reflejos y a qué edad comienzan a desaparecer:

  • Succión, hociqueo* y prensión palmar: estas tres conductas pasan de ser reflejas a voluntarias a los cuatro meses.
  • Babinski: este reflejo se da cuando un objeto punzante atraviesa en diagonal la planta del pie del bebé con el consecuente doblamiento del pie y la apertura de los dedos en abanico. Está presente hasta casi el final del primer año.
  • Moro: se produce cuando se da un sobresalto; el menor arquea el cuerpo, flexiona una pierna, extiende los brazos y luego los pone sobre su tronco como si se abrazara. La reacción del abrazo desaparece antes, pero lo demás permanece hasta los cuatro meses (con posterioridad seguirá presente pero con muchísima menos intensidad).
  • Parpadeo y retraimiento del pie: ambos reflejos (el primero se da ante luces intensas o sobresaltos y el segundo cuando se pincha suavemente la planta del pie) se establecen de forma permanente.

A la misma vez que estos reflejos van desapareciendo, también se van consiguiendo diversos hitos del desarrollo psicomotor:

  • Cabeza erguida y giro: mantener la cabeza erguida cuando se le coge o cuando se sostiene él mismo con los antebrazos mientras está boca abajo, es uno de los primeros hitos del desarrollo motor más importantes. Estas conductas junto con la de girarse para pasar de estar de lado a estar boca arriba, es fundamental para que el menor pueda explorar el ambiente que le rodea. Todos estos hitos se alcanzan entre el segundo y el cuarto mes y medio.
  • Mantenerse sentado sin apoyo: este gesto permite que el menor desarrolle una gran gama de conductas relacionadas con el juego y la interacción social. Suele darse entre los dos y los cuatro meses.
  • Gatear, andar y saltar: el proceso que se da para que un ser humano pueda andar es complejo y puede pasar por diversas etapas dependiendo de cada persona. En general, entre los seis y ocho meses, la mayoría de niños comienza a gatear (hay quienes nunca lo llegan a hacer pero sí que logran andar más adelante). Más adelante, el niño logra caminar por sí sólo entre los nueve y los 17 meses. Finalmente, dar saltos puede conseguirse entre los 17 y 29 meses.

Antes de concluir con el desarrollo motor, cabría hablar del famoso control de esfínteres, un proceso del desarrollo que preocupa a muchos padres y sobre el que no se tiene muy claro cuándo comienza y cuándo acaba. Aunque este apartado merecería otra entrada, es importante destacar que se trata de un hito del desarrollo complejo en el que convergen muchos factores, tanto fisiológicos como psicológicos. Por ello, se debe tener precaución con las tediosas comparaciones, las ideas preconcebidas y las exigencias.

Por lo general, el control de esfínteres se consigue después de que el menor ha aprendido tres tipos de señalamiento: señalamiento cuando se acaba de hacer “pipi” o “caca”, indicación durante la micción o defecación y finalmente, la indicación previa a la acción, antes de orinar o defecar. Algunos padres se apresuran a entender el gesto de señalamiento cuando se acaba de hacer “pipí” o “caca” como indicación de que el niño ya es capaz de controlar el esfínter. Es fundamental comprender en qué etapa se encuentra el menor y recordar que aunque es un proceso que comienza alrededor de los 18 meses, este puede llegar a extenderse hasta los cinco o seis años en algunos casos.

Desarrollo cognitivo

Al igual que hiciera uno de los psicólogos más prominentes en el campo de la Psicología Evolutiva, Jean Piaget (1896-1980), expondremos algunas características cognitivas propias de los menores entre dos y seis años en negativo, es decir, destacando sus limitaciones. Es una postura que tiene sus inconvenientes (por ejemplo, deja bajo la sombra el gran potencial de los menores en esta etapa del desarrollo) pero que por otra parte, ayuda a esclarecer  a grandes rasgos cómo “piensa” un menor a estas edades y hasta qué punto se le pueden exigir ciertas actividades:

  • Apariencia perceptiva: dominado por los aspectos perceptivos de los objetos, el niño no realiza inferencias a partir de propiedades no observables directamente (si no está presente, “no existe” o “ha desaparecido”).
  • Centración: el menor se focaliza en un sólo aspecto de la situación; sólo existe su punto de vista y nada más.
  • Estados: no relaciona los estados iniciales y finales de un proceso (ignora las transformaciones intermedias).
  • Razonamiento transductivo: establece conexiones asociativas inmediatas entre las cosas.

La sorpresa de muchos padres y madres al comprobar cómo sus hijos parecen comprender ciertas situaciones sociales y otras no, a pesar de parecer iguales o más complejas, se debe en parte a la desinformación que hay sobre este estadio del desarrollo. Por ejemplo, para cualquiera de nosotros, presenciar el robo de una bicicleta en un parque supone predecir la reacción emocional del dueño de la bicicleta. Sin embargo, aunque un menor de cuatro o cinco años comprenda qué es un ladrón y qué es “robar”, es muy difícil (sino imposible) que pueda decirnos qué emoción o reacción tendrá el dueño de la bicicleta más allá de su propia situación emocional. Esto último forma parte de un proceso cognitivo complejo al que en Psicología llamamos Teoría de la Mente: la capacidad de atribuir estados mentales a otros.

Dicho esto, pasamos a ver algunos aspectos del desarrollo social en los niños menores de siete años.

Desarrollo social

Los vínculos emocionales así como las conductas prosociales, que comienza a desarrollar el menor en estas edades, son esenciales para la adaptación y el bienestar del individuo en edades posteriores. Ortiz, Fuentes y López (2008) comentan que para comprender el desarrollo del apego en los primeros años, conviene tener en cuenta cuatro sistemas relacionales: el exploratorio (tendencia a interesarse por el mundo que nos rodea) y el afiliativo (tendencia a interesarse por las personas y establecer relaciones) que están presentes desde el momento del nacimiento y por otra parte, los sistemas de apego (vínculo con otras personas con las que el  bebé procura mantener proximidad e interacción privilegiada) y miedo o cautela ante extraños, que comienzan a hacer aparición a partir de los seis meses.

Desarrollo social y apego infantil

Más adelante, alrededor de los ocho y los diez meses, los bebés ya no sólo diferencian los distintos estados emocionales de sus cuidadores (esto lo consiguen alrededor de los tres o cuatro meses), sino que además comienzan a interpretarlas a partir de lo que llamamos “llamada de referencia social“: ante una situación ambigua, los niños miran a su cuidador y utilizan la información de la expresión emocional de éste para evaluar el objeto o el acontecimiento en cuestión y para regular su conducta. A partir de entonces, junto con el desarrollo del lenguaje y el concepto del “yo”, los menores comienzan a poner en marcha sus primeras conductas de empatía (entre los dos y tres años). Por ello, la relación de apego cobra vital importancia, ya que es en el contexto familiar donde la mirada mutua, la interacción rítmica y el contacto físico donde el menor aprenderá a expresar, interpretar y compartir emociones.

Para concluir este apartado, cabe destacar el inicio de una actividad que se presenta casi siempre como lúdica, pero que para la infancia temprana tiene un rol relevante para el desarrollo social y cognitivo: el juego. Entre los dos y los seis años el juego, aunque sea acompañado (juego en paralelo), casi siempre es en solitario o como espectador (viendo cómo juegan otros niños sin interactuar). No se trata de que a los menores en estas edades no les apetezca compartir o divertirse con otros iguales, sino que su desarrollo madurativo no les permite tener demasiadas interacciones sociales. Por ello, es importante también distinguir los juegos bruscos o las acciones violentas en esta etapa del desarrollo: existe por un lado, la agresividad hostil y por otra, la agresividad instrumental. La primera es la que se da a partir de los cinco o seis años; una acción violenta con el fin de hacer daño a otro. Sin embargo, la segunda, presente en la infancia temprana, es aquella en la que se causa daño a otro como medio para conseguir un fin no agresivo: el acto es hostil pero la motivación no. Por ello, aunque las rabietas comienzan a ser menos frecuentes conforme va avanzando la edad, las peleas y tensiones con los iguales (por ejemplo, con los hermanos) van aumentando. La agresividad hostil implica un desarrollo social mayor que la instrumental.

¿Padres negligentes?

La intención de este artículo no es la de alarmar a madres, padres o tutores con respecto a lo que han conseguido hacer o no los menores que están a su cargo. Simplemente se trata de informar y cuestionar las exigencias o indiferencia hacia ciertas conductas que hacen los menores mientras se profundiza en el conocimiento sobre su desarrollo psicológico. Si sospechas que tu hijo puede tener un retraso en el desarrollo de cualquier área o que de alguna manera hay ciertos aspectos de su conducta que no logras comprender bien, lo mejor que puedes hacer es buscar ayuda profesional. Consultar a un psicólogo sobre el estado psicológico de un menor no es sinónimo de “paternidad negligente”, sino todo lo contrario: padres o tutores conscientes de la importancia que poseen las primeras etapas del desarrollo humano.

 

*El reflejo de hociqueo se refiere a la conducta de girar la cabeza en dirección a una fuente de estimulación facial (por ejemplo, el rozar de un dedo en la mejilla).

Daniel Sazo

Graduado en Psicología por la Universidad de Sevilla. En la actualidad estudiante del segundo curso del Máster en Psicología General Sanitaria y personal técnico de investigación en el departamento de evaluación, personalidad y tratamiento psicológico de la Universidad de Sevilla. | Contacto: dansazher@gmail.com

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.