El acertijo maldito (Parte I): William James

El Acertijo Maldito (Parte I): William James

Esta entrada es la primera parte de la trilogía “El acertijo maldito” que se irá publicando en este mismo blog de manera no-consecutiva a lo largo de varias semanas.

Entre 1871 y 1872, “la flor y nata de la población masculina de Boston” se reuniría para constituir The Metaphysical Club (El Club Metafísico). No, no se trata de una liga de superhéroes (¿O sí?) sino de un grupo de estudiantes ricos de Harvard (válgame la redundancia) con tanto tiempo libre como para crear la única vertiente filosófica nacida en territorio McDonald’s. En aquel antro de eruditos Oliver W. Holmes (1809-1894) y Charles S. Peirce (1839-1914) debatían sobre derecho y física mientras Chauncey Wright (1830-1875) y William James (1842-1910) se reían a carcajadas de la dominante filosofía escocesa (dualista y supeditada a la religión). Puede que en el momento no fuesen conscientes de ello pero a medida que compartían sus ideas, El Club Metafísico comenzaba a concebir ese híbrido fruto de la convergencia entre las ideas de Bain sobre la disposición de las creencias para la acción, la concepción de la mente como parte intrínseca de la naturaleza por parte de Darwin y el trascendentalismo de Kant: el pragmatismo.

Es en este contexto donde surge el acertijo maldito, la pregunta que atormentó a James, la que Cannon creyó resolver durante un segundo y un lusitano se ha atrevido a retomar con atrevimiento y más acierto hasta hace muy poco.

William James en Brasil después de un ataque de viruela en 1865. Houghton Library, Harvard University
William James en Brasil después de un ataque de viruela en 1865. Houghton Library, Harvard University


El Oso

“La psicología es la ciencia de la vida mental” afirmó William James en Principles of Psychology (1890) sin saber la que le venía encima. Hasta el momento la filosofía escocesa que imperaba en EE.UU. se había empeñado en analizar el contenido de la conciencia sin llegar muy lejos y el joven James, espíritu inquieto donde los haya, apostó por una postura más darwinista: lo que importa no es lo que hay en la conciencia, sino lo que hace ésta. Y así fue como el pragmatismo americano irrumpió en la psicología como un torbellino que mezclaba el funcionalismo y el experimentalismo alemán dando lugar a una mente que se adapta; la evolución (decir “Dios” era demasiado mainstream para los metafísicos) dota al ser humano con conciencia para adaptarse al entorno cambiante y así permitirle elegir vivir y no estar a merced de las desavenencias ambientales, otorgándole a su vez, según James, el deseo de supervivencia. Para el padre de la psicología americana, sin la conciencia seríamos meros relojes, máquinas ciegas… Sin embargo, William James también era un ferviente defensor de la fisiología y afirmaba que la psicología debía ser “cerebralista”, elogiando en toda su obra al determinismo científico.

Tal y como menciona Leahey (2005), todo “esto parecía llevar a James a una contradicción: la máquina tiene que elegir.” Para William, un hombre que daría su vida antes que negar el libre albedrío, ve aún más patente este conflicto mecanicista cuando recuerda la elaboración de su teoría de las emociones junto a Carl Lange (1834-1900) en 1884. Intentando explicar cómo surge la emoción en la experiencia consciente expone lo siguiente:

Según el sentido común […] si nos topamos con un oso nos asustamos y salimos corriendo […] Según la hipótesis que aquí se defiende, este orden secuencial es incorrecto, un estado mental no induce inmediatamente al otro, las manifestaciones corporales deben interponerse entre ellos, y la afirmación más racional es que estamos tristes porque lloramos, enfadados porque golpeamos, asustados porque temblamos. Sin los estados corporales que suceden a la percepción, ésta tendría una forma puramente cognitiva, sería pálida y carente de color y calidez emocional. Podríamos entonces ver al oso y decidir que lo mejor es salir corriendo […] pero no tendríamos que sentirnos realmente asustados o enfadados.

William James en 1903. Houghton Library, Harvard University.
William James en 1903. Houghton Library, Harvard University.


¿Estamos tristes porque lloramos o lloramos porque estamos tristes?

Aunque William James no lo formulase de esta manera, seguramente la respuesta a un acertijo similar fue la que atormentó al psicólogo americano hasta el fin de sus días. Como buen naturalista, James estaba seguro de que su tesis con respecto a las emociones, su contestación al acertijo, citada anteriormente, era irrefutable (estamos tristes porque lloramos)… pero el James empirista también era el William James interesado en asuntos religiosos y espirituales, el James que arrebataba los suspiros de mozas decimonónicas con apasionadas cartas de amor. Siendo joven había logrado salir de la depresión con voluntad de hierro, convenciéndose a sí mismo del deseo de vivir ¿Cómo negar ahora esa voluntad afirmando que las emociones y la mismísima conciencia humana eran mero producto del entorno? En un acto de sinceridad y honradez pocas veces visto en la historia de la ciencia, William James, el intelectual que inspiraría a Émile Durkheim, Bertrand Russell, B.F. Skinner y Richard Rorty, decidió abandonar la psicología y arrojarse a los brazos de la filosofía para no tener que aceptar lo que el llamaba “la teoría del autómata”. El intento por descifrar el acertijo le había costado todo. Maldito.

El sacrificio intelectual de James no fue en vano y los que no tuvieron reparos en adoptar el paradigma E-R comenzaron a soñar con una psicología verdaderamente científica, alejada de conceptos vacíos y explicaciones circulares: John Broadus Watson (1878-1958) publicaría en 1913 una serie de conferencias que ahora conocemos con el sobrenombre de “manifiesto conductista”, palabras agresivas que parecían abrir un nuevo panorama para la ciencia del comportamiento apoyadas sobre los hombros de William James.

Carta de William James a Alicia Howe Gibbens en la que se puede leer
Carta de William James a Alicia Howe Gibbens en la que se puede leer “To state abruptly the whole matter: I am in love […] with Yourself”. Keene Valley. Septiembre de 1876. Houghton Library, Harvard University.

Descontentos

Este nuevo movimiento monista, materialista y determinista daba respuestas que maravillaban a unos pero también inquietantes incógnitas que dejaban descontentos a otros… y todo comenzó a tambalearse una vez más. William James se removió en su tumba cuando algunos revisaron los planteamientos del catedrático de Harvard: Si estamos a merced de los estímulos que nos rodean, actuando conforme al equipaje conductual con el que la evolución nos ha dotado ¿Por qué un oso no nos asusta cuando está dentro de una jaula? Al fin y al cabo el estímulo sigue siendo el mismo ¿no? Si pudiésemos inducir en un individuo los estados corporales propios del miedo (provocando sudoración, agitación y respiración acelerada, por ejemplo) ¿Sentiría esa persona auténtico miedo?

El acertijo maldito había resucitado.

Referencia bibliográfica relevante

Damasio, A.R. (2010). El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano. Barcelona: Drakontos.

Leahley, T. H. (2005). Historia de la psicología: Principales corrientes del pensamiento psicológico. (6ª ed.). Madrid: Pearson Educación, S.A.

Papanicolau, A.C. (2004). Emoción: una reconsideración sobre la teoría somática. Revista Española de Neuropsicología. Monografías, 6 (1-2), 11-125.

*Podéis leer la segunda parte aquí.
*Podéis leer la tercera parte aquí.

Daniel Sazo

Graduado en Psicología por la Universidad de Sevilla. En la actualidad estudiante del máster en Psicología General Sanitaria en la Universidad de Sevilla, especializándose en Psicología Clínica. | Contacto: dansazher@gmail.com

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