Esquizofrenia (III): luz en la oscuridad

Esta es la tercera publicación de la serie “Esquizofrenia”. La última entrada se publicará en esta misma web de manera no-consecutiva en las siguientes semanas. La primera y segunda parte pueden leerse aquí y aquí, respectivamente.

“¿Cómo ha pasado?” preguntó la madre al psicólogo mientras lo miraba fijamente con las manos recogidas en el pecho. Era su primera sesión en terapia de grupo junto con los demás familiares de pacientes con trastorno mental grave. Su hijo acababa de ingresar en una comunidad terapéutica y aunque tenía claro el diagnóstico, nadie había logrado explicarle cómo Manuel, un muchacho de veinticinco años, había desarrollado un trastorno psicótico. Era una cuestión simple pero emocionalmente profunda; uno podía encontrar un pozo de culpabilidad y miedo en ella. En ese momento, mejor que nunca, comprendí que la etiología de los trastornos mentales no es un proyecto caprichoso que satisface el hambre de conocimiento de un puñado de investigadores. Estudiar los factores que intervienen en el desarrollo de un trastorno como la esquizofrenia, da respuestas que pueden cambiar la vida de un individuo y su contexto familiar y cultural.

Respuestas que sólo pueden obtenerse gracias a un riguroso trabajo de investigación llevado a cabo por especialistas polifacéticos con una visión amplia de la persona. Especialistas como Eduardo Fonseca Pedrero, profesor de la Universidad de La Rioja especializado en psicopatología y psicometría, cuya actividad profesional traspasa las fronteras de lo académico con una participación activa en el Programa de Prevención de Psicosis P3, en el CIBERSAM y en el Programa de Enriquecimiento de niños con Altas Capacidades de la Universidad de La Rioja. A decir verdad, cuando leí el currículum, esperaba entrevistar a un hombre que rondaba los cincuenta años, con más pelo debajo de la nariz que en la cabeza y poco interés en conversar con un joven bloguero. Sin embargo, al cabo de quince minutos, me encontraba charlando sobre vinos riojanos con un investigador de ojos risueños, mente inquieta y talante jovial. Fonseca posee un perfil poco común. Su trayectoria le ha convertido en un psicólogo que puede empezar hablando de esquizofrenia para terminar concluyendo con una reflexión psicopedagógica. Todo ello con rigurosidad propia de un psicómetra: «Mi trayectoria está a medio camino entre la psicometría y la psicopatología. Considero que lo sustantivo no puede separarse de lo metodológico. Con las asignaturas uno dice “tengo psicometría, tengo psicopatología”… en la práctica eso es mentira.» Puede que sea esta visión integradora la que hace a Eduardo Fonseca el especialista más indicado para hablarnos de la etiología de la esquizofrenia.

Esquizofrenia. Etiología
Eduardo Fonseca Pedrero, profesor de la Universidad de La Rioja especialista en psicopatología y psicometría.

En el libro “Esquizofrenia y otros trastornos psicóticos” (Síntesis, 2015), Eduardo, junto a otros colegas y su mentor, Serafín Lemos Giráldez, comparan el estudio de la etiología de la esquizofrenia con la fábula de un anciano que perdió una llave en un bosque y se empeñó en buscarla debajo de una farola porque era el único lugar en donde había luz, en vez de hacerlo entre la oscuridad del bosque, donde seguramente se hallaba el objeto perdido. Al respecto, Eduardo afirma: «Tú sólo buscas “algo” donde puedas verlo. [En el estudio del origen de la esquizofrenia] hasta ahora sólo podemos ver ese “algo” con técnicas de autoinforme o genética pero puede que aún no tengamos “la luz”, es decir, la técnica para ver ese “algo” que queremos encontrar.» Este buscar a ciegas en la esquizofrenia puede ser demasiado confuso y abrumador para algunos investigadores y por ello, no es de extrañar que haya autores como Mary Boyle que titulen a su libro “Schizophrenia: A Scientific Delusion?” (Routledge, 1993). Sin embargo, las trabas categoriales y el debate conceptual no deberían desviar nuestra atención de los nuevos avances que se han hecho en las últimas décadas, en lo que a la etiología de los trastornos psicóticos se refiere. Poco a poco las sombras van desapareciendo.

Todo comportamiento humano se entiende por interacción entre lo genético y el ambiente. Debería haber una palabra como “genXambiente”. Cuando generas dos palabras, creas dos realidades y en este caso, es ilusorio.

Junto a Martin Debbané de la Universidad de Ginebra, Fonseca publicaba recientemente un artículo en el que comentaba los resultados de diferentes estudios que, entre otra cosas, trataban de reconciliar los resultados hallados en genética, neurodesarrollo y experiencias psicóticas en adolescentes. El texto está plagado de conceptos y resultados relacionados con rasgos esquizotípicos y se llega a hablar de una hipotética estructura del fenotipo de la psicosis. Es a raíz de este tipo de estudios donde surge la pregunta clave¿estamos afirmando que la esquizofrenia es un trastorno “hereditario”? El investigador asturiano es contundente en su respuesta: «Todo comportamiento humano se entiende por interacción entre lo genético y el ambiente. Debería haber una palabra como “genXambiente”. Cuando generas dos palabras, creas dos realidades y en este caso, es ilusorio. Tienes que entenderlo siempre como una moneda, dos caras que son inseparables. Por ahí hay un autor que dice que “los genes cargan el arma y el entorno los dispara”. Esa es la idea: la genética y el entorno son inseparables. Hay que verlo siempre como algo dinámico, en interacción continua. Cuando lo preguntas en términos de uno u otro, la propia cuestión ya está sesgada. No es uno u otro, sino uno y otro

Con que una cosa que no percibo, sólo una, salga mal… automáticamente todo se va al garete. Por ello, el modelo que comentaba es bastante interesante. Tiene en cuenta la interacción genXambiente y los impactos.

A partir de la premisa genXambiente que propone Fonseca, se derivan diversos modelos explicativos: «El modelo más consensuado es el modelo del neurodesarrollo. Pero ese modelo ha ido evolucionado hacia un modelo de riesgo del neurodesarrollo. ¿Qué quiere decir? Que es un modelo integrador. Tiene en cuenta lo genético y el neurodesarrollo que es muy importante. Hace cinco meses me enteré de que voy a ser padre y me doy cuenta de la importancia de estas variables porque veo a mi hija creciendo en el útero. Con que una cosa que no percibo, sólo una, salga mal… automáticamente todo se va al garete. Por ello, el modelo que comentaba es bastante interesante. Tiene en cuenta la interacción genXambiente y los impactos.» El modelo al que se refiere el investigador tiene sus raíces en los estudios de Meehl (1962, 1989, 1990), quien concebía la vulnerabilidad genética como una condición sine qua non para desarrollar esquizofrenia. Este modelo derivó al modelo vulnerabilidad-estrés propuesto por Zubin y Spring (1977). Estos autores adoptan un concepto de vulnerabilidad más dimensional (rechazando el “todo o nada” de su precursor) y dan más peso al carácter dinámico de la interacción con los factores ambientales. En la actualidad, investigadores como Ingram y Luxton se refieren a este último modelo (con alguna modificación) como el modelo vulnerabilidad-resistencia (2005). Todas estas propuestas tienen en común el considerar que un trastorno tiene lugar cuando se dan la conjunción de dos factores: vulnerabilidad y estrés. En el esquema que nos presenta Eduardo, estos modelos se complementan con los modelos del neurodesarrollo: durante el periodo perinatal o en fases tempranas del desarrollo, tienen lugar lesiones cerebrales (hipoxia, por ejemplo) que unidas a otros factores, pueden desembocar en esquizofrenia u otros trastornos similares. Aunque estos modelos poseen cierto aval empírico, no están exentos de críticas y Fonseca hace hincapié en una de ellas: «¿Qué pasa? Que en ese modelo [integrador] me gustaría ver más a la persona. Me gustaría dibujar de fondo a la persona porque al final… ¿quién sufre eso?. Me interesa poner el acento en la persona y no en el cerebro.»

Esquizofrenia. Etiología

Esta visión integradora de los factores que convergen en el desarrollo de la esquizofrenia, ha dado lugar a numerosas investigaciones que comienzan a arrojar cada vez más luz sobre la etiología de los trastornos psicóticos y sus síntomas. Hace un mes, tuvimos un magnífico ejemplo de ello en la conversación que mantuvimos con Salvador Perona, donde recordábamos sus estudios en torno a las alucinaciones auditivas, su relación con la disociación y eventos traumáticos: «Hace diez años, una de las cosas que teníamos pendientes para entender la etiología de las voces, era comprender las teorías de psicólogos cognitivos como Tony Morrison de la Universidad de Manchester, en Inglaterra. Este investigador afirmaba que las voces eran producto de un sesgo cognitivo en el que el sujeto atribuía sus propios pensamientos a una fuente externa. Me cautivó esa idea. Sin embargo, a través de la práctica clínica me percaté de que la teoría del sesgo cognitivo era muy pobre para explicar esa externalización de tus propios eventos privados y entenderlos como eventos externos. Aún pensando en ello, contacté con Andrew Moskowitz, quien proponía que posiblemente las alucinaciones eran un fenómeno disociativo: la persona se disocia de su propio pensamiento. El constructo de disociación me pareció mucho más potente. Para que haya un sesgo cognitivo, debe haber cierta conciencia sobre el proceso, sin embargo, la disociación está más relacionada con procesos no conscientes. De ese modo, el fenómeno disociativo llegaba a explicar por qué mi propia habla interna se podía distanciar de mis experiencias. Se trataría de una especie de despersonalización del pensamiento. Empezamos a trabajar esa idea y hallamos que en sujetos alucinadores, pacientes con trastornos psicóticos o con estrés postraumático, sus alucinaciones correlacionaban con despersonalización y absorción. Luego, nos preguntamos: si existe esta correlación en pacientes psicóticos, ¿ocurrirá lo mismo con población general con alta propensión a tener alucinaciones? Y efectivamente, encontramos que el fenómeno de la despersonalización era muy alto en personas sin trastorno con alta propensión a las alucinaciones. Pero no nos quedamos ahí. Queríamos ver si en los procesos que estaban estrechamente ligados a las alucinaciones también estaba presente esta variable. Y pudimos comprobar que la relación entre traumas en la infancia y alucinaciones estaba mediada por la variable disociación. Es decir, los sujetos con experiencias adversas en el pasado que tienen alucinaciones, presentaban altos niveles de disociación

¿Quién te enseñó a controlar tu ansiedad o a solucionar tus problemas emocionales? Nadie. Eso tú lo fuiste aprendiendo. Pero sí creces sabiendo a hacer sumas, multiplicaciones y divisiones.

Ante estos resultados, la imagen de la esquizofrenia y los trastornos psicóticos como afecciones exclusivas del modelo médico-psiquiátrico, queda descartada. Y aunque no hay que olvidar que la heredabilidad de la esquizofrenia es bastante alta (los factores genéticos pueden contribuir hasta en un 70-80% a la predisposición al trastorno), sería un craso error pensar que los profesionales de la Psicología no pueden sino quedarse de brazos cruzados ante el aluvión de factores biológico-genéticos. Además de su intervención en el tratamiento (como comprobamos en la entrevista con Perona), el rol del psicólogo se hace fundamental en la promoción de programas de prevención. Para Eduardo, no puede haber otra postura al respecto: «La prevención pasa por la educación. Mandela ya decía que el arma más potente que tiene la humanidad, es la educación. Para mí, todo va a un tipo de prevención universal donde a las personas se les enseñe a gestionar y a manejar sus competencias transversales de tipo socioemocional desde pequeñitos. Porque, ¿quién te enseñó a controlar tu ansiedad o a solucionar tus problemas emocionales? Nadie. Eso tú lo fuiste aprendiendo solo. Pero sí creces sabiendo a hacer sumas, multiplicaciones y divisiones. Todo esto debe ser instruido por psicólogos. Porque el experto en salud mental es el psicólogo, no el pedagogo, ni el maestro. Estoy a favor de la interdisciplinariedad pero cada uno respetando su ámbito. Yo, como psicólogo, no me voy a meter a dar música. Debemos evitar el intrusismo. Por ello, el psicólogo debe hacerse valer. Debemos romper con el estigma de la salud mental y eso pasa por concienciar a la población general. Ya se propone en algunos lugares trabajar la psicoeducación con algunos padres y alumnos desde el estadio cero, es decir, desde que son asintomáticos. ¿Por qué? Porque eso previene a largo plazo un montón de problemas. No sólo psicológicos. Si enseño a controlar el estrés y la ansiedad, a cómo solucionar problemas con la pareja o incluso a cómo hacer deporte, todo ello desembocará en un desarrollo positivo del adolescente, en el sentido amplio. Ya lo decía Delors al hablar del desarrollo integral del alumno: no sólo saber conocer y saber hacer, sino saber vivir y saber ser. El mejor profesional para ello, es el psicólogo.»

Daniel Sazo

Graduado en Psicología por la Universidad de Sevilla. En la actualidad estudiante del máster en Psicología General Sanitaria en la Universidad de Sevilla, especializándose en Psicología Clínica. | Contacto: dansazher@gmail.com

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