La muerte y los niños: ¿quién se lo dice?

La muerte y los niños: ¿quién se lo dice?

Raúl ha vuelto del colegio con el abuelo y sube corriendo por las escaleras del bloque para mostrarle a mamá el dibujo que ha hecho para ella en artes plásticas. Ha estado muy enferma últimamente pero ella siempre le dice que sus dibujos le animan mucho. Sin embargo, cuando entra en casa, papá y los titos están charlando y llorando en el salón con caras muy serias. La tita se acerca con una sonrisa y le dice a Raúl que le encantaría invitarlo a comer una hamburguesa y dar una vuelta por su parque favorito…  pero Raúl está confuso y lo único que realmente le apetece hacer es ver a mamá y enseñarle la flor que ha hecho para ella. Mientras la tita intenta convencer a Raúl, en las paredes del salón retumba una y otra vez la misma pregunta sin que nadie se atreva a responderla: “¿Quién se lo dice?”.

¿Cómo informar a un niño de una pérdida tan importante? ¿Cómo hablar con él sobre la muerte? ¿No es demasiado pequeño para poder asimilar una tragedia como esta? ¿Debería ir al entierro?

A continuación, hacemos una pequeña introducción sobre cómo abordar el duelo en los niños y así comenzar a responder a estas preguntas que siempre nos llenan de temor e incertidumbre a los adultos.

Utilizar cuentos o historias, puede ayudar a los más pequeños a entender lo que ha ocurrido: “¿Recuerdas lo que le ocurrió a la madre de Bambi? Pues mira, ahora a nosotros nos ha ocurrido algo parecido. Mamá estaba enferma y no han podido curarla. Por eso, esta mañana, mamá ha muerto”.

La muerte y los niños

Decir “niños” y “muerte” en la misma frase sigue siendo tabú en occidente. Nuestro avance tecnológico y científico parece no habernos ayudado mucho en la asimilación de la muerte como un proceso natural; seguimos pensando que a nosotros “nunca nos va a tocar y ¡mucho menos a los niños!“. Los niños… esos individuos bajitos que en la cultura popular siguen siendo ingenuos, torpes y pasivos. En El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia (Paidós, 2010), William Worden comenta y reflexiona junto a Phyllis Silverman en los resultados que obtuvieron tras hacer un seguimiento a 125 niños en edad escolar durante los dos años posteriores a la muerte de un progenitor. Sus conclusiones pueden ayudarnos a saber de qué manera abordar el duelo en niños:

  • Los niños que han perdido a uno de sus padres o familiares muy cercanos necesitan saber que serán atendidos: pueden expresar la necesidad de ser cuidados explícitamente pero no siempre es así. De hecho, algunos menores se “portan mal” tratando de llamar la atención y de manera implícita comprobar que se les está cuidando. Los menores deben saber que están a salvo y que habrá personas que los acompañarán aunque no estén su madre, abuelo o hermano.
  • Los niños que han perdido un ser querido necesitan saber que todo lo sucedido no ha sido por su culpa: debe quedar claro que ni sus enfados en el pasado, ni las riñas o malas actitudes que hayan tenido con la persona fallecida, están relacionadas con su muerte.
  • Los niños que han perdido a un ser querido necesitan información clara sobre la muerte: adecuando la información a su edad, los menores deben ser informados sobre las causas y circunstancias concretas en las que se ha producido el fallecimiento. Los más pequeños suelen ser muy curiosos con los detalles pero es fundamental dar más importancia a la pérdida, sin entrar en datos escabrosos. Santamaría Repiso nos ayuda con un buen ejemplo en El duelo y los niños (Sal Terrae, 2010): “Es muy difícil para mí decirte lo que te voy a decir, pero tienes que saberlo cuanto antes. Ya sabes que estaba muy malita. Esta mañana nos comunicaban que tu mamá no respondió al tratamiento y murió. Todos estamos muy tristes por ello, y yo quiero decirte que te quiero mucho.”
  • Los niños que han perdido a un ser querido necesitan participar y sentirse importantes: ¿es bueno que los niños acudan o participen en un funeral? Numerosas investigaciones concluyen que puede ser muy beneficioso para los menores ser parte de estos rituales y procedimientos, teniendo en cuenta sus decisiones (sobre todo cuando el fallecido es un progenitor). Es evidente que los niños más pequeños tienen limitaciones al respecto pero siempre es aconsejable implicarlos de alguna manera y tener cuidado con los detalles que se le dan sobre el proceso (si a un niño de 4 años se le dice que se va a incinerar al abuelo, este puede llegar a pensar que el abuelo puede sufrir con el fuego y “quemarse”, por ejemplo). Dejar al niño “fuera” puede traer resentimiento y frustración al menor en la adolescencia o como adulto.

Repiso también advierte de manera conveniente que puede ser relevante tener en cuenta cómo no dar la noticia o qué evitar decir a la hora de informar sobre un fallecimiento a un menor. Por ejemplo, nos avisa de que el “no te preocupes” puede llegar a entenderse como un “no sientas”, o que el “tienes que ser fuerte” puede confundir al niño, dándole un concepto erróneo de la fortaleza. Asimismo, esta autora también nos sugiere no decorar o mentir al niño sobre el hecho mismo de la muerte: si decimos cosas tales como “El abuelito se ha ido”, “Esta de viaje” o “Sólo duerme”, puede crear una gran confusión y malestar en el niño, ya que puede llegar a pensar que lo han abandonado o que irse a la cama podría estar relacionado con la muerte.

Puede ser muy beneficioso para los menores ser parte de estos rituales y procedimientos, teniendo en cuenta sus decisiones (sobre todo cuando el fallecido es un progenitor).

Cuando las cosas no van bien…

Al igual que ocurre con los adultos, los menores necesitan que se respete su tiempo de duelo. En este proceso a veces los menores siguen creyendo que el ser querido está vivo o que volverá y en algunos casos llegan a estar más sensibles y caprichosos… Todo ello es “normal” durante las primeras semanas tras el fallecimiento. Sin embargo, debemos prestar atención y buscar ayuda de un especialista cuando tras dos meses después de la pérdida, el niño llora en exceso, tiene muchas pesadillas, se enfada con frecuencia, se niega a hablar del familiar muerto, mantiene conductas regresivas (hacerse pis o chuparse el dedo, por ejemplo) siendo un niño ya mayor, pierde motivación o expresa su deseo de morir o irse con el ser querido.

Abordar una situación de duelo nunca es fácil y mucho menos con los niños, debido a las barreras que a veces creamos con ellos de manera implícita con el lenguaje. Por ello, lo más importante con los menores es tener delicadeza, saber escuchar e ir más allá de la noticia, hacerles saber que estaremos con ellos y que responderemos a sus dudas y preguntas. Que se lo diremos nosotros*.

*Es preferible, siempre que se pueda, que la noticia del fallecimiento de un pariente cercano pueda darla el padre o madre del menor.

Referencias bibliográficas más relevantes

Santamaría Repiso, C. (2010) El duelo y los niños. Sal Terrae: España.

Worden, J.W. (2010). El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Paidós: Barcelona.

Daniel Sazo

Graduado en Psicología por la Universidad de Sevilla. En la actualidad estudiante del máster en Psicología General Sanitaria en la Universidad de Sevilla, especializándose en Psicología Clínica. | Contacto: dansazher@gmail.com

2 comentarios

  1. Francisca Morón Santamaría dice: Responder

    Me ha gustado mucho Don Daniel. Un beso

    1. ¡Muchas gracias Francisca! Nos alegra que te haya gustado la entrada 🙂

Deja un comentario