Psicogeografía: nuestra mente en el entorno

Psicogeografía: Nuestra mente en el entorno / © Freepik + Flaticon

Hace ya dos años, os hablamos de Jan Gehl y sus “ciudades para la gente, cuya motivación principal era la creación de espacios arquitectónicos compartidos al servicio de la vida en común de sus habitantes, de manera que se mejorase así su calidad de vida.

Dos años después, me encuentro con la curiosa historia del Museo Inacabado de Arte Urbano (MIAU), una iniciativa que tenía como objetivo algo parecido a lo que Gehl hizo en Copenhague: mejorar la convivencia y revitalizar una pequeña aldea mediante la mejora del entorno.

En 2005, Fanzara (Castellón) iba a convertirse en un gran vertedero. Ahora, tras haber frenado el proyecto y gracias a la iniciativa de muchas personas, artistas y vecinos que se pusieron manos a la obra, esta pequeña aldea de poco más de 300 habitantes es un verdadero museo al aire libre. / © Patricia García.
En 2005, Fanzara (Castellón) iba a convertirse en un gran vertedero. Ahora, tras haber frenado el proyecto y gracias a la iniciativa de muchas personas, artistas y vecinos que se pusieron manos a la obra, esta pequeña aldea de poco más de 300 habitantes es un verdadero museo al aire libre. / © Patricia García.

 

Ambos casos son claros ejemplos de la peculiar relación que los seres humanos tenemos con nuestro entorno y cómo éste puede afectar de una manera o de otra a nuestra vida. Esto es lo que se conoce como psicogeografía.

¿En qué consiste la psicogeografía?

El término psicogeografía tiene sus orígenes en el París de los años 50, concretamente, en el movimiento Internacional Situacionista de Guy Debord y sus colaboradores. Desde esta perspectiva, cabe destacar la metodología de la deriva, la cual consistía en que el “psicogeógrafo” paseara sin rumbo concreto por la ciudad, sin motivo ni guía que dirigiera su acción, dejándose llevar por el entorno.

Actualmente, y como se puede intuir por su nombre, se trata del estudio de la influencia que ejercen sobre nuestra psicología los diferentes espacios y entornos físicos en los que desarrollamos nuestra vida diaria; cómo el lugar en el que vivimos puede llegar a cambiar nuestra forma de pensar, de sentir, de comportarnos o de relacionarnos.

Psicogeografía
Ya sea un espacio abierto o cerrado, natural o artificial, un edificio al completo o una habitación concreta o, incluso, la disposición de los muebles en dicha habitación, toda esta arquitectura puede afectar a nuestras emociones, a nuestro ánimo, a nuestra forma de pensar y a nuestra forma de comportarnos.

¿Qué tipo de influencia ejerce el entorno sobre nuestra psicología?

Se suele decir que “sobre gustos, no hay nada escrito” y, por supuesto, un mismo entorno puede suscitar emociones y formas de pensar y hacer muy diferentes. Además, nuestras experiencias y conocimientos previos, así como la cultura a la que pertenecemos, pueden influir también sobre nuestra psicología en este sentido.

Sin embargo, el neurocientífico Colin Ellard y sus colaboradores, de la Universidad de Waterloo (Canadá), han identificado ciertos aspectos que se dan de manera generalizada en lo referente a la psicogeografía. Por ejemplo, Ellard menciona las curvas como una característica asociada a la seguridad: “Muchas personas, al ver un bonito camino curvado o una curvatura en una pieza arquitectónica, responde desde un nivel visceral, al contrario que al ver algo muy anguloso y afilado, que no nos hará sentirnos tan predispuestos a acercarnos”. En relación con esto, el investigador habla de aquellos espacios que nos hacen sentir protegidos, como si se tratara de un refugio, pero que al mismo tiempo nos permiten ver qué está ocurriendo a nuestro alrededor: “Esto es algo que trasciende al ser humano. Cualquier animal (…) muestra preferencia hacia lugares en los que puedan ver y no puedan ser vistos”; lo cual tendría un sentido biológico, aunque nosotros, humanos que vivimos en ciudades alejadas de depredadores salvajes, no tengamos por qué “refugiarnos” ya.

Plaza de España (Sevilla)
La Plaza de España de Sevilla es un claro ejemplo de esto: es un espacio diáfano, con curvas y cuenta con un espacio natural justo al lado: el parque de María Luisa. / © Isabel González Torres.

Asimismo, cabe señalar la enorme influencia que la naturaleza y los espacios naturales (¡incluidos los parques!) puede ejercer sobre nuestra psique. Las investigaciones más recientes parecen señalar unos efectos muy positivos a nivel fisiológico y psicológico, como por ejemplo:

  • Sentirnos más vivos: La naturaleza nos hace sentirnos más felices, más sanos y más enérgicos, algo que no sólo nos ayuda a enfrentarnos al día a día, sino que promueve nuestra resilencia ante posibles enfermedades físicas.
  • Mejorar nuestra creatividad: La “vida moderna” está llena de distracciones que obstaculizan nuestros procesos atencionales: tráfico, nuevas tecnologías, ruido, etc. Pues bien, parece ser que pasar tiempos prolongados en espacios naturales ayuda a que podamos re-enfocar nuestro pensamiento, lo que posibilita que podamos ser más creativos.
  • Reducir el estrés: Diversos estudios demuestran que, al exponernos a la naturaleza, los niveles de cortisol (hormona del estrés) de nuestro cerebro descienden significativamente. De hecho, en Japón se ha puesto en práctica el shinrin-yoku (literalmente, “baño de bosque”, en japonés), un peculiar método terapéutico que parece aliviar los síntomas de las personas que sufren estrés agudo.
  • Mejorar la memoria: Se ha comprobado que nuestra memoria a corto plazo puede verse mejorada hasta un 20%, ya sea al pasear por un paraje natural o, incluso, simplemente al mirar una imagen de una escena de la naturaleza.
  • Mejorar nuestra autoestima: Actividades como la jardinería, el senderismo o el ciclismo, conocidas en el mundo anglosajón como “green exercise” por practicarse al aire libre y en contacto con la naturaleza, facilitan una valoración más positivos de nosotros mismos.

La psicogeografía aplicada: Del aula educativa a las prisiones rehabilitadoras

Me gustaría señalar (quizá por deformación profesional) la influencia del entorno en el contexto escolar: la distribución del aula, así como su flexibilidad y funcionalidad, son fundamentales a la hora de potenciar el proceso de enseñanza y aprendizaje. Pasan los años (y los siglos) y las clases siguen, en su mayoría, ordenadas en filas de mesas, chicos y chicas sentados unos delante de otros, lo que tiene como resultado que puedan interaccionar poco y vean las nucas de sus compañeros/as a menudo. Afortunadamente, poco a poco y con mucho esfuerzo, los/as docentes están empezando a cambiar esta rutina y a diseñar espacios óptimos para aprender en vez de para instruir, para estimular la construcción activa del aprendizaje en vez de para transmitir y recibir pasivamente información. Es el caso, por ejemplo, de Rebecca Malmquist, profesora de un instituto de Michigan, cuya clase motivaría a cualquiera, como se puede observar en la siguiente imagen:

El aula de Rebecca Malmquist
El aula de Rebecca Malmquist. / © Jennifer Gonzalez, de Cult of Pedagogy.

Por otro lado, otro caso psicogeográfico que llama especialmente la atención es el de las cárceles convencionales, unos edificios que si se caracterizan por algo es por la deshuminazación que desprenden; espacios construidos únicamente con el objetivo de recluir y castigar a los internos privados de su libertad. Pero, ¿y qué pasa con su rehabilitación y reinserción en la sociedad? Los presos deben cumplir su pena, sí, pero también se requiere una reeducación que, desde luego, estos espacios “grises” que anulan al individuo no facilitan. Por ello, arquitectos como William Alsop han puesto en marcha iniciativas cuyo objetivo es diseñar prisiones que se alejaran de lo convencional y fomentar así la futura integración de los presos en la sociedad, para lo cual han contado con la colaboración de artistas y el asesoramiento de profesionales penitenciarios e incluso de los propios reclusos.

“¿Por qué nadie nos pide nuestra opinión? No me he vuelto incapaz de hacer observaciones inteligentes por el mero hecho de entrar en prisión.”

El caso del MIAU de Fanzara

Volviendo al caso de la aldea-museo al aire libre de Castellón, se han realizado investigaciones sobre casos similares en otros lugares del mundo que han puesto de manifiesto los claros beneficios psicológicos de este tipo de iniciativas, desde mejorar nuestra atención y reducir el estrés hasta promover sentimientos de pertenencia a la comunidad y mejorar la convivencia y la calidad de vida de las personas.

Porque, al fin y al cabo, cuidar nuestro entorno (y nuestra psicogeografía) es cuidarnos a nosotros mismos.

 

Referencias

Barton, J. y Pretty, J. (2010). What is the best dose of nature and green exercise for improving mental health? A multi-study analysis. Environmental Science and Technology, 44, 3947-3955.
Ellard, C. (2015). Places of the Heart: The Psychogeography of Everyday Life. Canada: Bellevue Literary Press.
Ellard, C. (2015, enero 15). The Psychological Value of Public Art. Psychology Today.
Gonzalez, J. (2015, noviembre 19). Classroom Eye Candy: A flexible-seating paradise. Cult of Pedagogy.
Morita, E., Fukuda, S., Nagano, J., Hamajima, N., Yamamoto, H., Iwai, Y., Nakashima, T., Ohira, H. y Shirakawa, T. (2007). Psychological effects of forest environments on healthy adults: Shinrin-yoku (forest-art bathing, walking) as a possible method of stress reduction. Public Health, 121, 54-63.
Rideout (Creative Arts for Rehabilitation) (2006). The Creative Prison: Inside the Architecture – The role of consultation. Stoke-on-Trent, UK: Rideout.

Julia Torrente

Graduada en Psicología por la Universidad de Sevilla, erasmus en la Universiteit Utrecht y Máster de Profesorado en la especialidad de Orientación Educativa por la Universidad de Granada. | Contacto: juliatormor@elbauldelapsique.com

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