Psicología a prueba #7: el abismo visual de Gibson

Psicología a prueba #7: el abismo visual de Gibson
  • Autores: Eleanor J. Gibson (1910-2002) y Richard D. Walk (1920-1999).
  • Paradigma psicológico: Post-cognitivismo.
  • Desarrollo de la percepción de la profundidad.
Eleanor J. Gibson y Richard D. Walk | Fotografías extraídas de Rodkey (2015), © Cummings Center for the History of Psychology, Universidad de Akron.
A la izquierda, Eleanor J. Gibson aplicando el experimento a un cabrito. A la derecha, Richard D. Walk, realizando la prueba a un bebé con dificultades visuales. | Fotografías extraídas de Rodkey (2015), © Cummings Center for the History of Psychology, Universidad de Akron.

¿Qué se pretendía con este experimento?

La intención de Gibson y Walk era investigar el origen de la percepción de la profundidad en humanos y animales. En este sentido, su hipótesis inicial era que la percepción de la profundidad es una capacidad innata y no un proceso aprendido.

¿Cómo se desarrolló?

Para llevar a cabo su investigación, Gibson y Walk crearon un sistema específico que denominaron abismo visual (o visual cliff en su versión original). Este consistía en una tabla de metacrilato –material transparente y lo suficientemente resistente para soportar el peso de un bebé– que cubría una lámina con un patrón de alto contraste de cuadros, similar a un tablero de ajedrez. El tablero, a su vez, se dividía en dos mitades diferenciadas: en una parte, la lámina estaba colocada inmediatamente debajo del metacrilato, mientras que la otra parte estaba colocada a 120 cm. aproximadamente con respecto a la tabla transparente, lo que provocaba una falsa sensación de caída visto desde arriba. De esta forma, los investigadores pudieron llevar a cabo el experimento sin poner en peligro la integridad de sus participantes que, en este caso, eran todos bebés.

Abismo visual. | © Dahl et. al. (2013)/Psychological Science.

Así, el experimento se llevó a cabo de la siguiente forma: se colocaba individualmente a bebés de entre 6 y 14 meses de edad sobre la parte “alta” del abismo y a sus respectivas madres al otro lado de la parte “profunda”. Estas madres debían hacer gestos y señales para que su hijo/a gateara hacia ellas. Cabe señalar, asimismo, que los ensayos fueron realizados no sólo con bebés humanos con diferentes capacidades visuales y motoras, sino también con pollos, corderos, terneros, cabritos y crías de tortuga, rata, cerdo, gato y perro –ya que la intención de Gibson era llevar a cabo una investigación en el ámbito de la Psicología Comparada–.

De los 36 sujetos humanos que participaron, sólo 3 de ellos cruzaron hasta los brazos de sus madres. De los 33 restantes, algunos se atrevieron a llegar al borde del “precipicio” y tantear el otro lado, asegurándose que el metacrilato estaba allí, pero todos terminaban retrocediendo. Es decir, los resultados de este estudio mostraron que la gran mayoría de los bebés no cruzaba el abismo, lo que demuestra, por tanto, que los bebés de temprana edad son capaces de percibir la profundidad. No obstante, los investigadores no pudieron probar que esta capacidad fuera innata o aprendida.

El abismo visual y la comunicación no verbal madre-hijo/a

En 1985, dos décadas después de que Gibson y Walk publicaran sus hallazgos, Sorce y colaboradores llevaron un paso más lejos el experimento del abismo visual. En este sentido, estos investigadores estudiaron la influencia de la comunicación no verbal con componentes emocionales de las madres en la conducta de sus hijos/as, bebés de 1 año, en situaciones de incertidumbre. Para ello, llevaron a cabo una réplica del experimento original, con una ligera diferencia: se pedía a las madres que mostraran expresiones faciales de alegría y felicidad o de miedo o enfado.

De esta forma, ante la incertidumbre provocada por el abismo visual, la mayoría de los bebés se atrevía a cruzar cuando las señales emocionales de su madre eran positivas. Por el contrario, si percibían gestos negativos, no cruzaban el abismo.

Estos resultados indican que las distintas expresiones emocionales faciales de las madres regulaban la conducta (cruzar o no cruzar) de sus hijos/as en situaciones de incertidumbre. En otras palabras, los bebés (como la mayoría de los adultos) toman como referencia las emociones de personas significativas o figuras de apego (en este caso, sus madres) para tomar una decisión ante una situación ambigua.

Bibliografía

Dahl, A., Campos, J., Anderson, D., Uchiyama, I., Witherington, D., Ueno, M., Poutrain-Lejeune, L. y Barbu-Roth, M. (2013). The epigenesis of wariness of heights. Psychological Science, 24, 1361-1367.

Gibson, E. J. y Walk, R. D. (1960). The “Visual Cliff”. Scientific American, 202, 64-71.

Rodkey, E. N. (2015). The visual cliff’s forgotten menagerie: rats, goats, babies, and myth-making in the History of Psychology. Journal of the History of the Behavioral Sciences, 51, 113-140.

Sorce, J. F., Emde, R. N., Campos, J. y Klinnert, M. D. (1985). Maternal Emotional Signaling: Its Effect on the Visual Cliff Behavior of 1-Year-Olds. Developmental Psychology, 21, 195-200.

Walk, R. D. y Gibson, E. J. (1961). A comparative and analytical study of visual depth perception. Psychological monographs, 75, 1-44.

Julia Torrente

Graduada en Psicología por la Universidad de Sevilla, erasmus en la Universiteit Utrecht y Máster de Profesorado en la especialidad de Orientación Educativa por la Universidad de Granada. | Contacto: juliatormor@elbauldelapsique.com

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