Receta fresca para el aprendizaje significativo

Receta fresca para el aprendizaje significativo

Actualmente y desde hace ya demasiadas décadas, nuestro modelo educativo parece encontrarse estancado y desfasado. En un aula cualquiera, lo más común es encontrar a un profesor, encargado de transmitir su conocimiento (único y verdadero) para llenar las cabezas (vacías, por supuesto) del alumnado, ese grupo (al parecer, totalmente homogéneo) que ha de permanecer en silencio (y bien sentado) durante horas y horas y, una vez terminada la explicación, fijar la vista en el libro de texto (esa Sagrada Escritura) para encontrar todas las palabras en negrita que deberán copiar íntegramente en las actividades de clase y los exámenes (ambos, por supuesto, individuales).

Oh capitán, mi capitán © Molg H.

Paradójicamente, este modelo tan viejo se ha mantenido a pesar de los numerosos cambios legislativos que hemos sufrido en las últimas décadas: LGE, LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE… Todas estas reformas, tan necesarias y urgentes como nos aseguraban que eran y, sin embargo, todo sigue igual. Quizás es que, como dijo una vez alguien, “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, ¿no?

Pero bueno, no podemos olvidar que, por suerte, el aprendizaje no sólo tiene lugar dentro del aula y cuando tenemos 6-18 años de edad; y que existen (de verdad, existen) grandes educadores que trabajan y luchan contracorriente para mejorar la educación día tras día; y que desde hace incluso siglos, la Psicología, la Pedagogía y las Ciencias de la Educación han aportado grandes avances en este ámbito, aunque se obvien de manera sistemática.

Entonces, ¿cómo luchar contra este fast food de leyes educativas? ¿Cuál es la verdadera sal que necesita nuestro modelo educativo para garantizar el aprendizaje? Pues bien, aquí os traemos una receta fácil con algunos de los ingredientes primordiales que nos aporta la Psicología para conseguir ser unos verdaderos chefs de la educación.

200 gr. de ideas previas

Uno de los principales errores que solemos cometer al enseñar algo nuevo a otra persona es asumir que no tiene ningún conocimiento previo sobre el tema. Pensadlo un momento: antes de que alguien os explicara, por ejemplo, el sistema digestivo, ¿cuántas veces habíais comido o bebido, procesado y orinado o excretado? O, antes de que aprendierais en el colegio que la Tierra gira alrededor del Sol, ¿cuántas veces habíais visto amanecer y atardecer? De un modo u otro, todos tenemos experiencias previas, con mayor o menor exactitud, que crean una idea sobre la realidad que nos rodea.

Por ello, es fundamental que los nuevos conocimientos se relacionen con los ya adquiridos, de manera que se asegure lo que Ausubel denominó como significatividad psicológica. En este sentido, el educador debe conocer las ideas previas que sus educandos tienen sobre lo que va a enseñar, conocer su comprensión del mundo y, así, relacionar unos conceptos con otros para construir y facilitar el cambio conceptual. Si este proceso no tiene lugar, entonces el aprendizaje nunca será significativo, sino que se almacenarán conceptos sin integrarlos debidamente en nuestra mente.

Ideas previas sobre el cuerpo humano / © Cubero (2004).

3/4 de conflicto cognitivo

En estrecha relación con las ideas previas, Piaget habla en su obra de los esquemas cognitivos; nuestros conocimientos se van estructurando en nuestra mente de manera ordenada y, en función de esta organización, damos un significado propio a la realidad.

Entonces, ¿cómo podemos conseguir que estos esquemas sean óptimos? A través del proceso de equilibración, en el que se ponen en marcha dos mecanismos complementarios: la asimilación y la acomodación. De manera resumida, cuando se nos presente nueva información, intentaremos incluirla en los esquemas que ya poseemos, pero, en algunas ocasiones, nuestros esquemas serán insuficientes para asimilar dicha información, por lo que deberemos transformar y reinterpretar nuestros conocimientos y, así, tendrá lugar el aprendizaje. Por lo tanto, para enseñar al alumnado, el docente no sólo debe conocer sus ideas o esquemas cognitivos previos, sino que además deberá facilitar que este conflicto tenga lugar, que se produzca un desequilibrio óptimo entre lo que el educando ya sabía y lo que ahora se le presenta.

5 cucharadas de interacción social

¿Cuántos de vosotros habéis aprendido charlando con amigos, escuchando a vuestros abuelos o, incluso, debatiendo con alguien que os caía rematadamente mal? Sin duda, las personas que nos rodean son una pieza fundamental en la construcción de nuestro aprendizaje, tanto fuera como dentro de la escuela.

Autores como Vygotsky o Bruner pusieron de relieve la necesidad de la interacción social en el proceso de aprendizaje, siendo importante destacar el concepto de Zona de Desarrollo Próximo (ZDP), introducido por el primero, y el de Andamiaje, por el segundo. En ambos casos, se defiende que el aprendiz podrá construir los nuevos aprendizajes que se le proponen siempre y cuando cuente con la ayuda o guía de un adulto (u otro aprendiz que ya posea dichos conocimientos) que vaya proporcionándole esos andamios para que pueda llegar cada vez más lejos en esa zona de desarrollo próximo. Poco a poco, el aprendiz irá interiorizando lo aprendido y necesitando cada vez menos andamiaje, de manera que aquello que se encontraba en la ZDP, pasarán a formar parte de su Zona de Desarrollo Real, que irá aumentando y progresando, al mismo tiempo que la ZDP irá cambiando para trabajar nuevos aprendizajes.

Zona de desarrollo próximo y andamiajes

Cabe hacer hincapié en que hablamos de interacción, es decir, que la “relación de aprendizaje” entre el educando y el educador es bidireccional y, por tanto, existe un intercambio entre ambos. Cuando aprendemos, no sólo recibimos información externa, sino que también actuamos sobre la realidad y la transformamos; no somos cerebros vacíos que hay que llenar y llenar, sino que, una vez más, poseemos ideas y conocimientos que también tendrán su influencia sobre el contexto que nos rodea.

Una pizca de sentido común y de iniciativa

Aprender. Como veis, esta palabra, tan sencilla y tan presente a lo largo de toda nuestra vida, requiere la puesta en marcha de ciertos mecanismos, de estrategias clave que hacen que nuestra atención, nuestra motivación, nuestra memoria y otros procesos cognitivos tengan lugar de manera óptima. No obstante, no se trata de mecanismos complejos, sino más bien de pequeñas acciones que promueven la autonomía de quien aprende, la capacidad para experimentar por uno mismo y de dar sentido y significado a lo que vivimos. Todos somos, en distintos momentos de nuestra vida, tanto aprendices como educadores y, por ello, todos debemos tener muy presentes estos ingredientes, esta sencilla receta que facilita cualquier tipo de aprendizaje.

Referencias

Coll, C., Palacios, J. y Marchesi, A. (2004). Desarrollo psicológico y educación (vol. II): Psicología de la educación escolar. Madrid: Alianza.

Cubero, R. (2000). Cómo trabajar con las ideas de los alumnos (6ª edición). Sevilla: Díada Editora.

Piaget, J. (1984). Psicología de la inteligencia. Buenos Aires: Psique.

Julia Torrente

Graduada en Psicología por la Universidad de Sevilla, erasmus en la Universiteit Utrecht y Máster de Profesorado en la especialidad de Orientación Educativa por la Universidad de Granada. | Contacto: juliatormor@elbauldelapsique.com

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